Hay abuelos felices y otros no tanto…

Día de publicación: 2019-09-01
Por: Azalea Lizárraga


Este pasado miércoles, las redes sociales nos bombardearon -desde primeras horas del día- con el amable o jocoso recordatorio de que debíamos estar celebrando el día de los abuelos...

 

Y como todo lo que contamina la mercadotecnia, muchos nos apresuramos a la compra del regalo apresurado y de último momento para no llegar con las manos vacías, aunque ellos solo desean contar con nuestro afecto y presencia en sus vidas. Elijo pensar que muchos más realizaron una llamada cariñosa y espontánea  para felicitar a los abuelos lejanos, o depositaron una flor o una oración por los ausentes.

 

Lo que haya sido, son acciones obligadas para aquellos que tienen la fortuna de contar todavía con uno o varios abuelos... o abuelas no vaya siendo que nos reclamen, aunque en honor a la verdad no creo que siéndolo sean parte de esa generación que exige la descripción génerica para todo lo que las represente.

 

Para los y las que quisiéramos o soñamos ya con serlo -nunca creí podría pensarlo, desearlo, mucho menos confesarlo- nos unimos  a la fiesta por considerarnos tía abuela de tantos sobrinos que hemos visto crecer a nuestro lado.

 

Con tanta celebración jubilosa, no puede uno tampoco dejar de pensar en tanto adulto mayor que habiendo engendrado vástagos que hicieron lo propio a su vez, hoy se encuentran solos en sus casas, o recluidos en asilos u hospitales, sin nadie que los visite, esperando tristemente ser llamados por ese supremo ser en el que cada uno cree.

 

Y querámoslo o no, ello nos hace reflexionar sobre el camino que hemos recorrido en nuestra existencia, la vida que nos hemos construido para llegar a cierta edad y disfrutar la última etapa  con tranquilidad emocional, entusiasmo y rodeados de nuestra familia y amigos, en concordancia con el poema de Amado Nervo: "porque veo al final de mi rudo camino, que yo fui el arquitecto de mi propio destino; que si extraje la miel o la hiel de las cosas, fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas. ¡Vida: nada me debes, vida: estamos en paz!”

 

Leí con detenimiento un boletín reciente del Comité Ciudadano de Seguridad Pública de Sonora en el que manifiesta existen altos índices de violencia, abuso sexual y negligencia en nuestro entorno familiar y escolar, situación que no es ajena a los adultos mayores, por lo que el hogar ya no es considerado como el lugar más seguro para nuestros hijos y/o ancianos, lo que manda una señal alarmante de que algo no está funcionando correctamente en nuestra sociedad, que nos urge a  tomar medidas para solucionarlo y no caer en la normalización de la violencia que limita nuestras capacidades de desarrollo y convivencia familiar armónica.

 

Y como para contextualizar mejor esta lamentable situación de violencia que se cierne sobre nuestras familias, nos enteramos también de la triste realidad que viven las personas de juventud acumulada en nuestro país, de la que no escapa nuestro estado. La Procuraduría del Adulto Mayor en Sonora  reporta que diariamente reciben cuando menos seis denuncias relacionadas con negligencia, violencia física y psicológica, maltrato y omisión de cuidados hacia los ancianos, así como intentos de despojarlos -por parte de sus familiares cercanos- de los pocos bienes materiales que dichas personas lograron acumular en su larga y fructífera existencia en la que, se supone, formaron una familia que debería apoyarlos y cuidar de ellos en los últimos años de su vida.

Se entiende que ya la vida familiar no es lo que solía ser antaño. Atrás quedaron las grandes casonas donde nunca faltaba la presencia de los abuelos en ellas. Hoy en día, existen muchas presiones y exigencias socio-económicas que han impuesto nuevas reglas de convivencia familiar. Pero uno espera que, cuando menos, nuestros hijos o familia cercana nos lleven a vivir en asilos o casas de relativa comodidad donde atiendan nuestras necesidades especiales.

 

Afortunadamente también existe la cara amable en la atención de los adultos mayores y que, en este caso, la ejemplificamos con la Casa de pensionados y jubilados del ISSSTESON que representa un entorno interesante: para muchos es un refugio de motivación y entretenimiento, espacio al que pueden acudir para participar en alguno de los varios talleres, curso de acondicionamiento físico, danza y actividades varias para invertir su tiempo y dejar de lado el tedio, la tristeza de estar solos y/o recluidos en sus hogares, sin mucho que hacer.

 

Y cuando uno tiene la oportunidad de hablar con ellos, es evidente la alegría que sienten de vivir esa nueva etapa de sus vidas, en plena convivencia con compañeros de viaje que, como ellos, solo quieren disfrutar el camino, alejados de envidias, rencores y sinsabores.  Porque si de algo estamos seguros los seres humanos es que la soledad no ayuda para envejecer con dignidad y el acompañamiento es indispensable para relajarnos y vivir tranquilamente la etapa final de nuestra existencia.

 

Indiscutiblemente, un tema que debemos poner sobre la mesa para analizar, reflexionar y marcar  nuevas pautas de conducta y relaciones interpersonales, sobre todo hoy en día que tanto el gobierno estatal como el federal están impulsando fuertemente acciones de apoyo y acompañamiento para los adultos mayores. No estaría de más hacerlo, al fin y al cabo que todos esperamos llegar a la senectud,  si bien nos va.

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